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Jesucristo murió y resucitó para hacernos libres del pecado, libres de nosotros mismos y libres de toda opresión. Él vino «a pregonar libertad a los cautivos...a poner en libertad a los oprimidos...» (Lucas 4:18). Pero muchos de nosotros no experimentamos esa libertad. En lugar de ello, estamos oprimidos, estamos atrapados por el temor, la depresión, la duda o algún pecado incontrolable.

Cuando esto ocurre, nos culpamos a nosotros mismos y pensamos: «Si solamente intentara hacer un esfuerzo un poco mayor, yo podría resolver ese problema». O algunas veces nos desanimamos y pensamos: «Sólo necesito aprender a soportar esto; esto nunca terminará.» Muy a menudo fracasamos en ver el problema real: estamos bajo ataque espiritual.

«Sucedió que estando él en una de ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.»  (Efebos 6:12).
La Biblia identifica a Satanás como la fuente de toda maldad. La Biblia también describe claramente nuestros medios para la batalla espiritual y la victoria.

¿Qué es la Batalla Espiritual?

La batalla espiritual es tomar una posición. El apóstol Pablo escribe: «Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.» (Efesios 6:13).

A menudo nos imaginamos una batalla como tropas avanzando la una contra la otra, una acalorada batalla y el surgimiento de un enemigo derrotado y un conquistador victorioso. Así que, ¿por qué debemos tomar una posición en la batalla espiritual? ¡Tomamos una posición porque la guerra se ha terminado! Jesús ganó la batalla sobre el pecado y la muerte hace dos mil años. Cuando rendimos nuestras vidas a Jesús, nos afirmamos en su total victoria sobre el pecado, la muerte y Satanás. Esta es la razón por la que el apóstol Pablo dice que los cristianos son «más que vencedores» (Romanos 8:37).

¿Qué es lo que sucede cuando mi vida parece que no tuviera la victoria?

La Biblia describe tres fuentes de problemas para los cristianos: el mundo, la carne y el demonio. Jesús obtuvo la victoria por nosotros sobre estas tres áreas en conflicto y un día ellas serán destruidas. Entretanto, el cristiano debe aprender a proteger su territorio de estas fuerzas. Examinemos por un momento estas tres fuerzas. Luego, usted podrá discernir cuál de éstas es su fuente de dificultades y comenzar a alcanzar la victoria.

El mundo: El apóstol Juan nos advierte acerca del mundo, el cual representa la rebelión del género humano contra Dios, cuando escribe: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos los ojos, y la vanagloria de la vida, no provienen del Padre, sino del mundo.»  (I Jn. 2:15-17).

Jesús nos advirtió que no amáramos al mundo cuando nos dijo: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde los ladrones no minan ni hurtan. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.» (Mt. 6:19-21).

Si somos tentados por el mundo o las riquezas del mundo y comenzamos a pensar en el poder, en las posesiones o en la posición social, más que en Jesús y en Su bondad para con nosotros, necesitamos entonces arrepentirnos y volvernos a Jesús, porque Él ya venció al mundo. Cuando nos rendimos a Jesús, Él nos perdona por nuestro pecado y nos capacita para vivir Su victoria.

La carne: La segunda fuente de conflictos para el cristiano es la carne, la cual también es llamada nuestra «naturaleza mundana» o nuestro «viejo yo». En su carta a los cristianos colosenses, Pablo escribe: «Haced morir, pues, los terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivías en ellas. Pero ahora dejar también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno...» (Col. 3:5-10).

Estamos bajo un ataque casi continuo por parte del mundo que nos rodea y de nuestra carne. Aunque los deseos pecaminosos y las tentaciones nos bombardeen, debemos proteger nuestro territorio y rehusarnos a rendirnos. Jesús fue tentado y nunca pecó, por consiguiente, la tentación en sí misma no es pecado, mas al rendirnos a la tentación en nuestros pensamientos o acciones, sí lo es. Por tanto, si nos negamos a rendirnos a toda clase de tentación y en cambio nos rendimos voluntariamente a Jesús, podremos vivir una vida de victoria sobre nuestra vieja naturaleza.

El demonio: Existen en la Biblia varias referencias acerca de defender del diablo nuestro territorio. Demos un vistazo a tres de ellas: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo.» (I P. 5:8-9).

«Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración. Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados. Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones. Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como bueno administradores de la multiforme gracia de Dios.» (Stg. 4:7-10).

«Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes... y velando con toda perseverancia y súplica por todos los santos...» (Ef. 6:10-13,18b).
 

Principios de la batalla espiritual:

Estas Escrituras nos enseñan varios principios acerca de la batalla espiritual. Cuando somos atacados por el diablo debemos:
           

Someternos a Dios: Nosotros podemos colocarnos bajo la protección de Dios acudiendo a Él, echando sobre Él nuestras ansiedades, y reconociendo que Él cuida de nosotros. Tanto Pedro como Santiago nos dicen que nos humillemos ante Dios, porque «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.» (I P. 5:5b).
           

Ser sobrios: A la batalla espiritual debe entrarse con una sensata conciencia de su importancia. Santiago dijo «vuestra risa se convierta en lloro». Pedro dijo: «Sed sobrios».
           

Estar alerta: Debemos ser extremadamente cuidadosos cuando nos encontramos en mal estado de salud, cuando hemos permanecido fuera de contacto con otros creyentes, o cuando hemos descuidado el estudio de la Palabra de Dios. Satanás tratará de engañarnos, buscando el momento en que nuestras defensas estés bajas. Pedro dice que el diablo está siempre buscando a quien devorar.
            El pecado también embotará nuestros sentidos y abrirá la puerta para un ataque. Pablo nos advierte que no «demos lugar al diablo» cayendo en el pecado (Efesios 4:27). Santiago nos exhorta a huir del pecado cuando escribe: «... pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones.» (Stg. 4:8).


Resistir al diablo: Los apóstoles nos dicen que resistamos y permanezcamos firmes. Esto a menudo puede tomar la forma de una reprensión verbal cuando usamos el nombre y la autoridad de Jesús para ordenar a Satanás que se retire de una circunstancia. Él no tiene derecho de traspasar la propiedad perteneciente a Jesucristo. Satanás no responde a los deseos de las personas sino que tiene que responder al Nombre y a la autoridad de Jesús. Adicionalmente, Dios nos ha dado su Palabra como una poderosa herramienta para hacer retroceder al enemigo. Toma nota de cómo Jesús usó las Escrituras para resistir al diablo, en el capítulo cuarto de Mateo.      

Victoria sobre el diablo:

Cuando el cristiano esté sufriendo el ataque de Satanás, debe aplicar estos principios y sucederán dos cosas:

  1. ¡El diablo huirá! Satanás es un enemigo derrotado y él huirá cuando se le enfrente un cristiano que esté sometido a Dios, purificado en su corazón y equipado con la armadura espiritual que Dios provee para nuestra protección.
  2. ¡Dios te levantará! Siempre hay regocijo cuando apreciamos la victoria que Cristo ganó para nosotros en la cruz. Cuando el Espíritu Santo levanta nuestros espíritus en gozo, esa es nuestra oportunidad de retornar alabanza y acción de gracias a Dios por Su victoria. ¡Él es nuestro Defensor y nuestro Libertador!

Cuanto tú seas libre:

            ¡Ora por otros! Luego de describir nuestra armadura espiritual, Pablo escribe: «...orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar.» (Efesios 6:18-20).
            La oración mantiene los canales de comunicación abiertos de modo tal que cuando viene un ataque, estamos en contacto con nuestro Defensor. La oración ayuda a fortalecer a otros creyentes contra los ataques. La oración es una parte vital de nuestra guerra espiritual.

Encontrando la verdadera libertad:

            ¿Has identificado tu problema como del mundo de la carne o del demonio? No culpes al diablo por pecados que tú has cometido.
            Contrario al chiste popular, el diablo no te obligó a hacerlo. El diablo pudo haberte tentado, pero cada uno de nosotros es responsable ante Dios por su propio pecado. ¿Has pedido perdón por tu pecado y lo has recibido? Si es así, ¡permanece firme en tu fe! ¡Dios es amor! Él te ha perdonado, te ha limpiado y te ha dado un nuevo comienzo.

Cuando Satanás ataque:

            Quizás sientas que le has entregado al diablo un terreno estratégico y que tú (y tus seres amados) están siendo arrastrados por las mentiras de Satanás. Si al parecer no puedes ganar la lucha contra el pecado, la depresión, los malos pensamientos, la conducta inmoral y otras formas de cautiverio demoníaco, entonces haz lo que la Escritura te enseña: Sométete a Dios, resiste al diablo y él huirá de ti. Si es ésta tu necesidad, quizás quieras hacer una oración semejante a ésta, de todo tu corazón:

«Padre Dios, gracias por enviar a Jesús a morir por mí. Gracias por perdonar todos mis pecados. Te pido humildemente que me hagas totalmente libre, quiero servirte y quiero ser libre para amarte más. Así que, en el Nombre y por la autoridad de Jesucristo, resisto al diablo.» «Satanás, tú eres un enemigo derrotado. Jesucristo ha ganado la batalla por mí. Yo estoy cubierto por la sangre de Su perdón. Pertenezco a Jesús, y en el nombre de Jesucristo te ordeno que te vayas, que me dejes solo y nunca regreses. ¡El Señor Jesús te reprenda!».
«Padre, te doy gracias por Tu victoria. ¡Gracias por limpiarme y hacerme libre! Lléname ahora con el Espíritu Santo. ¡Gracias, Señor! ¡Soy libre en el Nombre de Jesús! ¡Amén!»

No te rindas:

Si tú has estudiado cuidadosamente estos pasajes bíblicos y has hecho sinceramente esta oración, pero aún te encuentras en la esclavitud del mal o dominado por Satanás, ¡no te rindas! Llama a tu pastor, o a alguien que tú sepas que ama al Señor Jesucristo, que estudia la Biblia y que ora con autoridad. No te avergüences de pedir ayuda. ¡Dios te ama y Él te hará libre!

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