Jefferson Nobza de Bogotá, Colombia, descubrió siendo muy joven que estaba hecho para el arte y el arte para él.

Sin embargo, jamás pensó que un proyecto artístico en la universidad lo conduciría a las puertas del mismo infierno.

A través de los años, el narco terrorismo ha impactado negativamente la vida de miles de inocentes, incluyendo la de aquellos que lo combaten, como fue el caso de Jefferson Nobza de Colombia.

“Pues a los siete años mi padre fue asesinado. Él era detective de la policía. Esto causo vacíos dentro mi corazón, vacíos emocionales, carencias.”

Y cada vez que el tiempo pasaba y el recuerdo de horror vivido venía a la mente de Jefferson, este reclamaba amargamente su condición.

Por otro lado, y con su dolor a cuestas, su madre no tuvo mejor opción que internar a Jefferson en un colegio militar donde crecería y se haría adolescente.

Pero ni el colegio ni nada pudo mitigar el dolor y el resentimiento que Jefferson guardaba a través de los años en su memoria.

“Yo me convertí. La rebeldía de las carencias emocionales se convirtió en un efecto negativo porque maltrataba a otros, golpeaba a otros, y tenía carencias emocionales que yo las reflejaba por medio de la violencia; y por eso era reprendido dentro de la parte militar.”

Y aunque día a día vivía su rebeldía, encontró en el arte una forma de escape a su dolor.

“Aun viviendo dentro de la parte militar, tuve la posibilidad de seguir pintando porque, desde muy pequeño, desde los nueve años, mi vida artística comenzó con relación al arte, y a la expresión, y a la pintura.”

Y dejando aquel colegio militar, Jefferson continuó desarrollando su talento para las artes soñando con poder ingresar a la universidad, pero sus escasos recursos económicos lo limitaban.

“Tengo una relación afectiva con una mujer que comienza a tratar de ayudarme. Cree en mi arte, y me ayuda, y me tiende la mano para que yo pueda comenzar a estudiar. Yo entro a una universidad pública muy importante, y comienza ahora nuevamente a aflorar dentro de mí cosas positivas dentro del arte.”

Parecería que todo iba a empezar a marchar bien en la vida de Jefferson, sin embargo…

“Al quinto semestre tomo la decisión de consumir “bazuco”. En otros países le llaman “pasta base.”. Pues dije: “El bazuco a mí no me queda grande”. Yo probé a los veinticinco años el bazuco. A los treinta años mi vida se había destrozado. Llegué a tocar el fondo que nunca pensé llegar a tocar.  Fue un engaño tan grande que mi vida se fue cayendo a pedazos.”

En poco tiempo, la aparente vida promisoria de Jefferson se convirtió en un doloroso y terrible drama que él jamás imagino vivir.

“Para mí fue momentos en que yo quería escapar, pero la única realidad que veía era que estaba esclavizado de la droga. Llegar a un estado de indigencia, que te cierra la puerta de tu casa porque ya tú vendiste cosas de tu casa.”

Su madre sintiéndose destrozada e impotente ante la situación de Jefferson, con angustia le decía: “¿Por qué no me mata?, pero no me haga esto. Cláveme un cuchillo, pero no me haga esto”.

Sin ganas de vivir, Jefferson se refugió en la orilla de un río para allí acabar sus últimos instantes de vida. Pero todos fueron intentos fallidos, hasta que un día…

“Llegaron unos hombres de “limpieza social.” Comenzaron a disparar. Y yo corría con una intensidad de salvar mi vida. Y se escuchaban los gritos y se escuchaba el desespero, hasta que llegó en un punto que yo me detuve y mis pies terminaron metidos hasta el barro. Y me quedé quieto y en silencio y algo paso en mí: hubo un punto de quiebre en mi corazón en que yo lloré como un niño. Y yo lloré de tal manera y con tanto sentimiento que yo dije: “Ya no quiero más.” Y miré al cielo y yo dije: “Si realmente tú existes, sácame de esto porque estoy metido en el lodo totalmente. Yo necesito que tú te reveles a mi vida.”

Y sin hacerse esperar ni un instante, Dios comenzaría a responder el clamor de Jefferson.

“Me acerqué a una cabina de teléfono e hice una llamada, y la llamada fue a mi mamá. Y la llame y le dije: “Mamita.” Y me dijo: “Lo estoy buscando. Encontré un lugar donde a usted lo pueden ayudar. ¿Quiere o no quiere?” Yo le dije: “Sí.”

Era un hogar de rehabilitación que la madre había encontrado.

“Y yo pisé ese lugar en una finca donde había un paisaje hermoso como los que solía pintar. Hubo una persona daba el mensaje y se paraba allá adelante y dijo: “Es que su problema no es la droga. Su problema es el pecado.” “¿Pecado?,” digo, “¿Qué es eso?” “Sí. Usted es un pecador y usted necesita de un salvador.”

Aquellas palabras impactaron el corazón de Jefferson e, impulsado por su necesidad, pronunció una oración al cielo.

“Yo de aquí no me muevo, pase lo que pase, hasta que yo no sienta que usted me da la orden de salir de acá. Y ese día yo tomé la decisión de invitar en mi vida a Cristo como mi Señor y como mi Salvador”.

Y así, con el paso del tiempo y la ayuda de Dios, Jefferson comenzó a liberarse completamente de sus cargas y de sus vicios.

“Y para mí fue como algo tan maravilloso saber que tengo una nueva oportunidad, como un borrón y cuenta nueva, como algo nuevo; que tengo una nueva mente, tengo un nuevo corazón, una nueva vida.”

Pero habían asuntos que arreglar, a quienes tanto daño les había hecho.

“Todo lo que de pronto había tenido pero no lo había apreciado. Un abrazo a mi mamá; le pedí perdón de todo lo que le había hecho. Les pedí perdón a personas que había herido.”

Incluso pudo compartir su fe con otros miembros de su familia.

“Yo no veía a mi hermana tres años atrás. Ese día fue a visitarme y ese día, ella invitó a Cristo a su corazón”.

Pero esta su fe sería probada aún más cuando su hermana, al igual que su padre, lamentablemente corrió la misma suerte.

“Tres meses después, ella muere asesinada brutalmente y fue algo que me fortaleció mucho más porque en el funeral puedo dar testimonio de que ella, lo último que vio de mí, fue a su hermanito que estaba luchando por salir de la droga.”

Fortalecido por Dios, pero aun sintiéndose solo, un día conoció a alguien que lo acompañaría por el resto de sus días.

Caminando con Dios, ahora Jefferson va compartiendo su mensaje a quienes atraviesan lo mismo que él vivió.

“Que sí se puede, que vale la pena vivir, que vale la pena luchar y aceptar el regalo más precioso que es la persona de Cristo en tu vida. Que sí se puede salir adelante, pero que tienes que reconocer que tienes un problema, y que tienes que clamar para pedir ayuda. Y esa ayuda viene de lo alto, esa ayuda es sobrenatural, y algo que tú no puedas entender. Ahora, lo que fue una maldición para ti, lo que es una maldición para ti, se puede convertir en medicina en las manos de Dios para liberar a otros”.

Las drogas no existen para formar buenos ciudadanos, para convertirlos en ciudadanos productivos y útiles a la sociedad, bien educados. Las drogas existen para destruir al hombre, tal como estaba destruyendo la vida de Jefferson, un hombre lleno de talentos, con habilidades. Sin embargo, su vida iba en un descenso acelerado hacia la muerte.

Pero cuando todo parecía perdido para él, él clamó. En medio de su desesperación y de su angustia, clamó al único que podía ayudarlo y él fue respondido.

No hay problema grande, no hay problema pequeño. Dios es el Dios de los imposibles y todo lo puede resolver.

De manera que, si estás buscando una nueva vida, si estás buscando un nuevo camino, o un propósito por el cual vivir, entrégale tu vida a Cristo. Él vendrá y hará un milagro hermoso en tu vida.